El niño en familia, por Maria Montessori

 

Si Maria Montessori estuviera viva, hoy cumpliría 146 años. Es una fecha muy importante para nosotros, padres y educadores montessorianos. Pensé durante días en qué escribir en este día; contar sobre su vida o explicar sobre algún aspecto de su filosofía? Pero al final decidí dejar sus propias palabras como homenaje, y para esto, elegí el capítulo “El Niño en Familia”, del libro de mismo nombre de su autoría, sabiendo que muchos de mis seguidores son padres y madres que están interesados en ofrecer una educación a fin con su filosofía.

El libro “El Niño en Familia” (Il Bambino in Famiglia)  es una serie de conferencias realizadas en Bruselas en 1923, y es un esbozo de una escuela para padres. Es un libro de pocas páginas, encantador y que emana amor. Me pillé llorando al leerlo en algunos capítulos, pues la verdad que Maria sabía eligir las palabras para tocar nuestro corazón.

En el capítulo “El Niño en Familia”, Maria Montessori da consejos a los padres y madres de como educar sus hijos de una manera respetuosa para que los niños puedan desarrollar su inteligencia en los primeros años de vida, por medio de la observación sin prejuicios, de una manera muy amorosa y respetuosa. Selecciono al largo de este post algunos trechos ya que el capítulo tiene 16 páginas y sería muy largo para un blog; pero recomiendo mucho la lectura completa no solo de él como de el libro todo.

Montessori empieza el capítulo diciendo que la labor de los padres es difícil y de mucha responsabilidad. Aunque nunca se les ha enseñado como educar a un niño, se les exige perfección (creo que en tiempos de internet, en 2016 esas exigencias son aun más fuertes), pues son un ejemplo a sus hijos. “Esto crea una situación que no nos detendremos a discutir a detalle, porque todos conocen las dificultades y las contradicciones que se derivan en la vida común. Pongamos como ejemplo la mentira. Una de las tareas más importantes, que toda buena madre se pone, es la de encaminar a los hijos hacia la sinceridad. Una mamá que conozco, enseñaba a su niña a no mentir nunca y solía contarle la bajeza de la mentira (…). Pero un día, esa señora recibió una llamada telefónica: la invitaban a un concierto. Hablando en voz alta, respondió: “Que lástima, no puedo salir! Tengo un dolor de cabeza tremendo!” No había terminado de hablar cuando escuchó un grito en el cuarto de al lado. Preocupada de que hubiese sucedido algo malo, la señora corrió y encontró a su hija acurrucada en el suelo con las manos en la cara. “Qué te sucede, mi pequeña?” Entre gritos la niña contestó: “Mi mamá dijo una mentira!”Su confianza se había roto. Una muralla se levantaba entre la madre y la hija. Sus ideas sobre la vida social se habían confundido, su sagrario había sido profanado”.

Montessori entonces explica que muchas veces tenemos pretensiones desproporcionadas y no podemos corresponder a esas, lo que acaba generando conflictos con nuestros hijos. Como el adulto es el más fuerte, es él que gana el conflicto, obligando al niño a obedecer, ordenando que se callen, y así el niño pierde la confianza en su padre y también la espontaneidad en su relación. “De esta forma, sus necesidades más imperiosas, las más profundas, son reprimidas. Como consecuencia se manifiestan aspectos característicos de reacción, de adaptación al mundo errado de los adultos, nacen tensiones físicas, que pueden degenerar en verdaderas enfermedades. Estos daños son tan frecuentes que son ya tomados en cuenta como propios y característicos del niño, cuando en realidad son solamente reacciones de defensa, como por ejemplo la timidez, la mentira (dicha para esconder una travesura), el miedo (…), la imitación pasiva, que se puede considerar como una puerta de ingreso a la infección moral, como un medio de perfeccionamiento y de evolución (…) Aquellos deseos del niño que son reprimidos, permanecen encerrados, como depósitos podridos, en el fondo de un agua estancada, y el niño está ya en grado de apreciarlo de manera lógica y justa, porque no le ha podido realizar y no los puede frenar, porque no ha tenido la oportunidad de ser su amo y señor: están presentes, lo atraen poco a poco y lo seducen por una secreta curiosidad.”

La doctora, entonces, explica la necesidad que el niño tiene de desarrollar su espíritu, algo que la madre/padre tiene de observar, tener en cuenta, y dejar que él lo haga libremente.

“La mayor parte de los juguetes modernos no ofrecen los incentivos espirituales que el niño necesita, creo que así como son, terminarán por desaparecer. Examinemos su transformación en los últimos años. Estos juguetes toman dimensiones cada vez mayores. La muñeca es tan grande que casi alcanza la altura de la niña y en proporción han fabricado todo de acuerdo al tamaño de la muñeca: camas, juegos de té etc. La niña está feliz. Si los juguetes crecieran aún más, la niña se verá como rival de su muñeca, querrá para ella su camita, sus sillitas. A este punto, la niña estará contenta pero no tendrá más juguetes. La niña habrá encontrado un ambiente propio y usará con gran alegría los objetos que estaban destinados para la muñeca. Todas estas cosas bellas y útiles le darán una nueva vida – la verdadera vida – la única que la pueda hacer feliz y que le ayudará a crecer de manera natural.” (y después hay quién diga que Maria Montessori estaba en contra del juego simbólico incluso en casa!)

Es entonces que verificamos la importancia del ambiente preparado – también en casa. “Un ambiente en que el niño podrá vivir y jugar: entonces lo veremos trabajar todo el día con sus manitas y esperar con impaciencia la hora de desvestirse.” Montessori entonces da a la madre/ padre los principios para que ellos puedan ayudar a su hijo o hija a encontrar a si mismo, como guías en el ámbito doméstico.

“El más importante es: respetar todas las formas de actividad razonables del niño y tratar de entenderlas.”

Muchas veces pensamos que, alguna anécdota, algún acontecimiento curioso que haya pasado con nuestro hijo o hija es  la verdadera actividad infantil pero, la verdad, es que es mucho más difícil do que imaginamos descubrirla.Es necesario creer en todo el bien que está escondido en el niño y prepararse a reconocerlo con cuidado y amor. Solamente de esta forma estaremos en posibilidad de apreciarlo correctamente.” 

La doctora cuenta una historia de una niña que ha conocido a los tres meses de edad, que le fascinaba mirar sus manitas, aunque era necesario, a veces, ponerse bizca. O cuando, a los 6 meses, derrumbaba al suelo un sonajero siempre que su madre lo cogia del suelo y lo entregaba. La niña miraba con fascino sus dedos haciendo el movimiento de abrir y cerrar cuando tenía el sonajero.“Lo que le interesaba, evidentemente, no era el sonajero sino el juego, la función de los dedos que se sabían tener aquel objeto y esta observación le procuraba gran alegría. Primero, la niña había forzado sus ojos en una posición incómoda para observar la mano, ahora estaba estudiando su funcionamiento. La madre, sabia, se limitaba a recoger y darle pacientemente el sonajero. De esta forma, tomaba parte en la actividad de su hijita y comprendía la gran importancia que tenía para ella repetir este ejercicio.”

Luego, ella cuenta otra historia, de un niño de casi un año de edad, que le gustaba “oler” figuras de flores que su madre le había regalado, una señal de que él sabía que a las flores se olen, sencillamente esto. Pero un grupo de adultos, divertido con el comportamiento del niño, le ofreció distintos objetos para ver si así él también los olfateaba, riéndose de él. Le forzaban a besar y a oler incluso cojines, pero el niño se sintió confuso y dejó de trasparecer inteligencia y alegría de sus ojos, cómo cuando estaba oliendo las figuras de flores.“Antes se sentía feliz de poder distinguir una cosa de otra y de explicar la actividad que correspondía a cada una: esta era una adquisición nueva e importante de su inteligencia, esta ocupación razonada lo había hecho completamente feliz. Pero él aún no tenía la fuerza interna para defenderse de la intromisión brutal de los adultos.”

“¡Cuántas veces realizamos actividades similares con nuestros niños sin saberlo! Sofocamos sus instintos naturales y provocamos en dichas circunstancias una agitación desesperada, hasta que llegan las lágrimas “sin razón”, lágrimas de niños que nosotros, adultos ciegos, no entendemos, como tampoco nos interesa la sonrisa feliz que se deriva de una necesidad espiritual satisfecha (…). Ya, desde este momento, comienza la cansada lucha entre el adulto y el niño. Arrullamos al niño, lo dormimos… y no se escucha esa pequeña alma que pide ayuda. Si, por el contrario, el niño es comprendido, veremos que tiene menos necesidad de dormir. Sus ojos  son vivaces e inteligentes, se manifiestan en él los primeros síntomas de la socialización. Busca ayuda y se dirige a aquellos que se la pueden dar. Muy a menudo se escucha decir: “el niño no ama a la madre, sino al seno que lo nutre, así como ama a quienes le ofrecen golosinas”. No: ya desde sus primeros pasos en la vida, el niño ama a aquellos que lo ayudan a perfeccionar su espíritu.”

El segundo principio es: “es necesario satisfacer lo más pronto posible el deseo de actividad del niño, no servirlo, sino educarlo, para que logre su independencia.”

Maria Montessori recuerda las dos grandes conquistas del niño: aprender a hablar y a andar. Dos conquistas que aparecerán de manera natural pero que necesitan un trabajo previo, de ejercicio físico y verbal. Entonces ella menciona otra conquista tan importante cuanto: la independencia. Da como ejemplo el niño que aprende a comer solo. Si su madre le deja libre, sentado a una mesilla, sin llevarle a la boca, el niño se alimentará pero hará mucha suciedad, pues todavía no tiene la capacidad motriz de llevar el tenedor o cuchara a la boca como un adulto. Ella incentiva a la madre/ padre que no se preocupe con la limpieza en este momento, pues cuando el niño se alimenta solo está ejercitando su independencia.

El tercero principio es: “ya que el niño es tan sensible más sensible de lo que creemos a las influencias exteriores, debemos ser muy prudentes en nuestra relación con él.”

“Algunos padres tienen diferentes principios pedagógicos: no consuelan al niño porque saben por experiencia que a final de cuentas dejará de llorar y se calmará él solo. Piensan que si intervienen con caricias para consolarlos volverá caprichoso y terminará por tomarlo por costumbre, con el único fin de obtener atención con cada berrinche. Yo les respondo que todas las lágrimas sin razón aparente, comienzan a aparecer mucho antes de que el niño pueda darse cuenta de que con ellas puede obtener atención. Esas lágrimas son el indicio de la angustia que padece su espíritu. Para construir su vida interior el niño necesita de reposo y tranquilidad continua, nosotros en cambio, lo molestam os con nuestra continua y brutal intervención.” 

La doctora entonces nos cuenta la historia de Elena, una niña que ha conocido cuando vivió en Barcelona desde muy pequeña y cuenta que, una vez, su tía ha dejado caer una de las tabletas de colores sin querer al suelo, rompiéndola. La tía comentó a la niña que era necesario tener cuidado con las tabletas porque eran muy frágiles, lo que la niña contestó: ” entonces pon atención y no las dejes caer!”, regañando su tía, algo que Montessori aconseja  a no impedirlo. “No es necesario que parezcamos perfectos ante los ojos de los niños: sin embargo, es necesario que reconozcamos nuestros defectos y aceptemos pacientemente sus justas observaciones. Reconociendo este principio, se nos podrá perdonar cualquier injusticia cometida delante de los niños.”

“El niño siente profundamente y tiernamente cada una de las expresiones de la vida y  pide ser muy amado y comprendido. Su primera tarea es la formación de su vida interior, y es con este fin que desde el primer día usa el maravilloso instrumento que Dios le ha concedido al hombre: la inteligencia.”

Aquí termina el capítulo. A que es precioso? Precioso como el regalo que Maria Montessori dejó a nosotros, que es su filosofía. Feliz cumpleaños, doctora, esté dónde esté.

 

 

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