¡Feliz cumpleaños, Izan! Siete años como tu mami

El último jueves fue tu cumpleaños. Siete años. Siete! El tiempo puede pasar un poco más despacio, por favor? No, no puede. Yo tendría de estar acostumbrada con eso. Pero me cuesta creerlo. Siete años como tu mami, siete años contigo, siete años de un viaje maravilloso que me ha transformado para siempre.

Te he despertado cantando una de tus canciones favoritas, “Aniversário” de Palavra Cantada, como me habías pedido días antes. Y has sonreído y dado tus brazos para que pudiera abrazarte. Y aunque era la hora de despertarse para ir al cole, momento en que casi siempre estás con un humor terrible, me abrazaste con ternura. Ternura que espero que siempre la tengas y que distribuya a todos que te queremos. Y a todos que la necesitan.

Y eso que, en la víspera, habías caído en el colegio y llevado un buen “chichón” en la frente y en la boca, justo donde está naciendo el segundo incisivo superior permanente. Que miedo de que el diente se rompiera! Pero no se rompió y así entras a tus siete añazos: con una sonrisa mellada.

Eres maravilloso. Imperfecto, y maravilloso, como todos los niños de 7 años. Sigues teniendo esos ojazos de pillo que me encantan, la sonrisa pícara, el pelo que ahora crece y ya es pelo de niño mayor, muy parecido al de tu abuelo Paco, “pelo de gallego”, como te han dicho una vez. Estás muy alto, casi con 1,20m, pero sigues siendo delgadito como tu padre. Las manitas, con sus dedos largos y finos, no han cambiado tanto desde que eras un bebé. Lo que sí cambia es como las utilizas. ¡Como las utilizas! Te encanta usar las manos para trabajar y me encanta verlas en acción. “Las manos son los instrumentos de la inteligencia”, decía Maria Montessori, y siempre me acuerdo de esta frase al verte moviendo las manos mientras dibujas, pintas, modelas, construyes, escribes, agarras, ayudas a tu padre a cocinar, cuentas.

Y como hablas! Hablas por los codos, no sé de quién has heredado este rasgo, porque de tu padre o de mí no fuimos. Quizás de tu abuela Ana “que está en el cielo”, como siempre me dices, y la verdad es que me recuerdas ella un montón. Tienes tus conclusiones geniales y de repente nos afirmas algo que no esperamos que salga de la boca de un niño de 7 años. Eres tan perspicaz, tan observador. Me encantas.

Estás leyendo, y aunque no lo hagas como a tu profesor le gustaría, siéntome maravillada de verte y escucharte leer, porque es increíble como antes de ayer eras un niño tan chiquito y ahora hasta leer puedes. Una conquista tan grande, que te costó tanto, pero que la lograstes. Leer te hará llegar muy lejos y a crecer aun más deprisa, pero te formará, y sé que será para bien.

Te encanta “Star Wars”, “El Señor de los Anillos”, “Las Crónicas de Nárnia”, “Matilda” y también las películas de perros parlanchines que a mi no me van mucho pero te hacen reír tanto. Sigues siendo un amante de los animales y de la naturaleza. “Mira Mami, la estrella”, “mira Mami, la nube”, “mira Mami, el arco iris”. Y los miro, contigo. Y parece que es la primera vez que los veo, como a ti.

También tienes un carácter fuerte y cuando te enfadas, te enfadas. O cuando estás triste, estás triste. Vives las emociones en plena intensidad, y aunque te dirán muchas veces para contener el llanto, que no pasa nada, que no es para tanto, estaré a tu lado para decirte que lo siento mucho por el dolor que tienes, pero que lo reconozco y estoy a tu lado para ayudarte a sentirte mejor. Nunca dejes de sentir tus emociones, porque negarlas podrá causarte una úlcera, una depresión, un trauma. Siente lo que tienes de sentir.

Quería pedirte perdón porque no podré realizar tu deseo de ser hermano mayor, y eso es algo que me duele mucho. Porque sé que serías un hermano mayor fantástico, el hermano que siempre quise tener. Me siento muy triste en privarte de esa experiencia, pero sé que darás tu amor a quién te lo pida. Nunca he planeado ser madre de un hijo único, pero así ha sido. A veces lo que deseamos no es lo mismo que el Universo desea a nosotros. Quizás sea por algún motivo especial, que un día descubriremos juntos.

También quiero pedirte perdón por todas las  veces que “perdí la cabeza” y te grité, las veces (fueron pocas, pero ocurrieron) que te pegué de pequeño o cuando te dije que iba a regalar todos tus juguetes porque no los ordenaste. Dejé que mi voz interior mala se escuchara, no supe gestionar. O cuando estaba “demasiado triste” para jugar o mismo hablar contigo. Sé que tú me perdonaste, porque eres el ser más generoso del mundo, pero nunca podré perdonarme porqué sé lo cuanto duele, y así mismo lo hice. Perdón por mi prepotencia y mi debilidad, mi niño.

Me encanta ver en quién estás convirtiéndote (“Mami, Fulano me ha pegado, pero yo no le pegué; le dije que no me gusta y que no juego con quién me pega y me fui”; “Mami, hoy I. – tu amiguito TEA – ha tenido un mal día, gritó y lloró en clase, pero después fui jugar con él”) y aunque sabiendo que el mundo será muy malo contigo, y que muchas veces llorarás y sufrirás y no podré hacer nada para reducir tu dolor, sé que encontrarás el camino solo y no tendrás rencor. Sigues siendo un niño que está siempre dispuesto a ayudar, a dar un abrazo, a decir algo bonito, y eso te hace ser quién eres: un niño especial, mi gran obra maestra.

Dentro de muy poco tiempo serás un adolescente y me pregunto cómo serás, y si podré acompañarte en esta etapa. Pasé mi adolescencia tan sola y con tan poco apoyo que a veces siento miedo de no estar a la altura cuando llegue tu momento. Pero eres el mejor de los maestros y confío en ti. Algo me dice que serás tú quién curará todas mis heridas de esta época, con tu amor infinito, con tu sabiduría de niño, tan mayor que la mía, de adulta, cicatrizada, acostumbrada, modelada por los palos de la vida.

Feliz siete vueltas alrededor del Sol, Izan, muchas gracias por existir y por ser mi hijo. Te quiero hasta la luna y vuelta, mil veces.