Respira. El tiempo pasa muy deprisa

Este fin de semana que pasó fue el cumpleaños de Pancho, mi perro mayor, mi primer hijito, cómo acostumbro decir. Pancho ha cumplido 13 años. Un labrador retriever vive, en media, 12 años. Algunos, con suerte, pueden llegar a los 14 pero muy pocos llegarán a los 15. Es ley de vida. Pero el cumple de mi perro me hizo pensar en cómo el tiempo pasa deprisa, y cómo no nos enteramos de eso, muchas veces.

Parece que fue ayer que Ernesto y yo le traemos desde un criador en Toledo, era una bollita de pelo amarilla, que tenía un perfume delicioso (todos los bebés, no solo los humanos, tienen un prefume maravilloso). Sus ojitos muy brillantes, las almohadillas de las patitas muy negras, “puro piel”, me acuerdo que su criador bromeó. Y hoy él sigue teniendo una carita de cachorro, pero con pelitos blancos por el morrito, las almohadillas ya no son tan negras, la nariz se ha vuelto rosada, los ojos sí siguen brillantes y muy vivos, pero ya no es la bollita traviesa y sí un señor con muchas limitaciones para moverse. El tiempo pasó en un soplo y él ya es un viejito.

Y eso me hizo pensar en Izan, que hace 7 años era un bebé también, que cabía en mis brazos, era calentito, tenía unos ojos preciosos, unas manitas que daban ganas de morder. Era un bollito que llevaba a todas las partes pegada a mí, en mis brazos, que se acostaba conmigo. Cuantas veces le miré y me pregunté a mí misma: “en que niño se convertirá?”, y hoy, con 7 años, ya puedo contestar a mí misma: es un niño alto, muy delgado, como su padre. Sigue teniendo ojos preciosos y muy expresivos, tiene una risa melodiosa, es muy listo y alegre, y muy cariñoso y empático. Es tímido, pero a la vez habla mucho, vive cada momento intensamente y tiene mucho amor para dar. Pero, ¿cómo puede que el tiempo pasó tan deprisa que no he visto eso ocurrir?

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O sí lo he visto, pero a veces. A trozos, en momentos fugaces. Cuando le leía un cuento, cuando le bañaba en la bañera con sus juguetes, cuando le cantaba una canción, cuando le enseñaba un insecto por la calle. Pero es verdad que después que él creció, que llegó a “niño mayor”, la atención ya no es cómo era antes. El trabajo, la casa, los perros, los problemas… todo aleja esos momentos de belleza de nosotros.

Por eso es necesario parar, a veces. Parar y respirar, muy fondo, sentir el aire dentro de los pulmones y luego soltarlo despacito. Sentir el corazón latir, sentir el peso de las piernas, brazos y tronco. Escuchar al lejos lo que hay – un pájaro, un niño jugando quizás – y luego volver al momento presente, y mirar con atención lo que tenemos a nuestro alrededor.

Puede que veamos a nuestro hijo jugando en el suelo. Puede que sea nuestra mascota durmiendo en su camita y roncando con ternura. Puede que sea nuestra pareja cocinando la comida que vamos a comer dentro de poco. Hay que parar y mirarlos, por algunos minutos. Observar cómo se mueven, escuchar los sonidos que emiten, oler quizás el perfume que tienen alrededor. Y entonces recordar. Recordar cuando eran bebés o cuando tú lo conocistes (o la conocistes) por la primera vez. Entonces verás cuánto has caminado hasta aquí, cuánto tiempo ha pasado y adónde has/ habéis llegado.

Estamos muchas veces ocupados, pendientes del smartphone, del whatsapp, de las novedades en Facebook, Instagram, Youtube… estamos pendientes de la televisión, las noticias, el fútbol, la nueva serie… estamos preocupados de que no llegaremos a fin de més, que nuestro jefe nos está exigiendo entregar un determinado trabajo y no sabes si podrás cumplir el plazo… estamos preocupados porque en la última tutoría el profesor nos dijo que algo no va bien con nuestro hijo, o que engordamos y no podremos usar aquella ropa que tanto queríamos llevar en la boda de aquella prima que será dentro de un més y no tenemos dinero para comprar una prenda nueva… tantas preocupaciones, tantas distracciones, tanto en que pensar en nuestros días. Y nos olvidamos de respirar y de vivir el “aquí y ahora”. Y un bello día nuestro perro ya tiene 13 años. Nuestro hijo tiene 7. Adonde fue parar el tiempo?

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No podemos dejar las obligaciones, responsabilidades y las preocupaciones, no podemos dejar de mirar el smartphone (siempre hay un mensaje que estamos esperando). Pero sí podemos parar cinco minutos al día para respirar y mirar, escuchar y oler alrededor. Cinco minutos. El tiempo que llevas bajando la pantalla de las noticias de Facebook. Sólo perderás algunos tantos memes y enlaces compartidos. ¿De verdad son tan importantes?

En el momento que empieces a tomar esos cinco minutos, después de algunos días serán ocho, después 12 minutos… el hábito hará que cojas el gustillo y observarás en ti misma/mismo los cambios. Serás más paciente, con más tranquilidad, con más cariño para dar a esos seres que tanto quieres. Sentirás que estás viviendo, y no solamente viendo el tiempo pasar. Porque eso también es Montessori; saber vivir cada minuto, disfrutarlo, observarlo, sentirlo.

 

Alguna vez has probado respirar y mirar a su alrededor? A tu hijo, tu compañer@, tu mascota? Que tal ha sido? Cuente en los comentarios!

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