Tengo una estrella en el cielo

Ayer nos despedimos de Pancho, nuestro labrador retriever. Su cuerpo estaba muy débil, tenía muchas dificuldades para respirar, apenas comía y no andaba más. Su bello cuerpo envuelto en un suave pelo amarillo ya estaba muy cansado tras 13 años dando tanto por nosotros. Y ahora él es una estrella, pues yo creo que todos los seres vivos cuando parten vuelven a ser estrellas.

Hoy es el Día de las Familias. Fue sin querer que nuestra despedida ocurriera en la víspera, pero muy irónico, porque Pancho fue el vértice del triángulo que formó nuestra familia, debo a él eso, mi sentimiento de maternidad, y tantas experiencias que hicieron ser quién soy. Por eso, y porque él era muy importante en nuestra familia, quiero escribir este post.

Llevaba casi un año en España, lejos de mis padres y mis hermanos, mis amigos, había dejado mi profisión todo por amor al que hoy es mi marido. Vivíamos juntos y éramos muy felices pero en el momento que él iba a trabajar, me quedaba sola, y al pasar de los meses tuve una crisis de depresión.

Siempre quise tener un perro pero mi madre nunca me dejó tenerlo, decía “cuando tengas tu casa ya tendrás a tu perro” y pensé que era la hora de seguir su consejo. A principio, Ernesto no tenía muy claro, a pesar que le gustaba mucho los perros y había crecido con tres. Un día, encontré en internet un anuncio de un pequeño criadero de labradores que había tenido una camada. “Vamos a ver, solo por ver”, dije a Ernesto. “Sí, vamos solo a ver”. Ya…

Cuando vimos los perritos nos volvemos locos, como niños pequeños… yo más, estaba encantada. Nunca había cogido un cachorro en brazos y fue una emoción muy grande. Aun así tenía claro que “solo estábamos mirando”, como quién va a Ikea a comer tortitas pero echa un vistazo en la tienda.

De repente, veo que no está Ernesto… el criador me dice “creo que él fue al coche” y me quedé allí, con un cachorrito amarillo en brazos, oliendo a bebé, con el pelo muy muy suave… no paraba de darle besitos. Fue cuando entró Ernesto, con el dinero que había ganado de regalo de cumpleaños de su tia, y lo estendió al criador diciendo “el perro es nuestro”.

Pocas veces en mi vida sentí una emoción tan grande. Sentía cómo si tuviera 6 años otra vez. Y por fín alguien me regalaba mi perrito. Un perrito amarillo y de orejas caídas, cómo siempre dibujaba mi perro ideal. Aquel día lloré de emoción en el coche volviendo a casa, no tenía palabras para agradecer, era muy feliz, un sueño que se realizaba.

Pancho vino a casa algunas semanas después, con 55 días de vida. Era una bollita de pelo, muy travieso y cariñoso. Me acuerdo que nos despertaba a las 5 de la mañana para jugar. Ha roto una mesilla de cristal donde estaba nuestro teléfono, mordisqueó nuestro chaiselongue, la puerta de la cocina y un interruptor de luz. La vida ya no era la misma. Era mucho más alegre, llena de vida, de risas.

Cuando él tenía 6 meses de edad descubrimos que tenía displasia de cadera, una enfermedad genetica que puede acometer a los labradores. Fue un shock muy grande recibir la noticia, con la displasia un perro se vielve cojo y tiene una vida algo limitada, pero lo peor aun estaba por venir.

Pancho fue operado a los 8 meses y tuvo la mala suerte de que la cirurgía no quedó bien, fue necesario repetir (le pusieron 18 pinos de titánio en la cadera derecha) y gracias a una infección que casi le mata, perdió la sensibilidad de la pata derecha trasera. Andaba como un gorilla, y luego aparecieron heridas. Había el riesgo de amputación, hasta que encontramos una clínica de rehabilitación para perros, donde Pancho estuvo por dos años haciendo distintas terapias. Fue cuando conocimos a Rocío, su veterinaria holística, que fue la persona que logró recuperar la sensibilidad de la pata gracias a la acumputura. Con el tiempo, Pancho volvió a caminar bien, aunque a veces pisaba mal, pero ya hacia vida normal.

pancho.jpg

Esos dos años luchando con él hicieron que Ernesto y yo nos uniéramos mucho. En las situaciones límite como vivimos, una pareja o se separa, o se une más. Con nosotros fue el segundo caso. Donarse totalmente a un ser que depiende de ti es una experiencia muy fuerte, os garantizo. Teníamos de hacerle curas, administrar medicamentos, hacer masajes, ejercícios… era como un niño. Por eso decíamos que éramos sus papis, porque cuando cuidas tanto de una criatura, te sale el sentimiento de madre y padre, aunque sea un animal.

Pancho nos devolvió dando un amor inmenso, especialmente a mí, que pasaba más tiempo con él. Nos hicimos cumplices, él parecía que podía leer mi mente, era increible. Sabia cuando estaba triste y fue muy compañero. Cuando me quedé embarazada, antes mismo de hacer el test, Pancho me avisó que algo pasaba. No me dejaba sola nunca, lloraba sin explicación mirandóme, era como si quisiera protegerme, un comportamiento muy raro. Cuando vi el positivo, estaba en el baño, y él en mi habitación, con Ernesto. En el momento que di la noticia a Ernesto y empezamos a celebrarlo, él se levantó y se fue. Yo ya lo sabía, él no tenía más que cuidarme.

Participó de los preparativos para la llegada del bebé, incluso cuando pintamos la habitación… siempre le hablaba y decía que venía su hermanito.

Cuando Izan nació y le trajimos a casa, Pancho lo olió y fue como si pensara “ah, vale, es él”.

Siempre cuidó de Izan. Se colocaba al lado de la minicuna, como vigilandóle. Le gustaba darle besitos en los pies. Cuando venía visitas, se tumbaba entre la minicuna y yo, como un perro guardián. Muchas veces, cuando daba al pecho en la habitación de Izan, él se quedaba a la puerta, mirandónos. Nunca entró en su habitación sin antes ser invitado. Y eso fue algo que no le enseñamos, partió de él.

Izan siempre quiso a Panchito con locura, tanto que su primera palabra fue “pupu”, que era como llamaba a Pancho. Creció con él, en el suelo, abrazandóle, compartiendo juguetes, como verdaderos hermanos. Pancho jamás le gruñó, mucho menos le hizo daño. Era muy delicado con él, sabia que era un bebé, era increible.

A medida que Izan crecía y nos necesitaba más y más, Panchito se quedó en segundo plano, pero eso parece que nunca le importó. Era un perro tranquilo, noble, que le gustaba mucho dormir en su camita y observarnos. De repente, era un anciano. Cojeaba mucho más, empezó a tener algun problemilla de salud aquí y allí, pero siempre era muy fuerte y todo indicaba que viviría muchos años.

Con 9 años le tocó ser hermano de otro perro, Moon, el perro de terapia de Ernesto. De primeras él lo recibió bien, como otro más de la familia. Y otra vez más fue muy paciente, al convivir con un cachorrillo ya siendo un abuelete.

Desde el verano pasado, Pancho empezó a vomitar mucho, a tener dificultades para andar, cada vez caminaba menos. Su corazón empezóa cansarse más y más. Surgieron tumores, aunque no eran peligrosos, pero señal que la edad estaba pasando factura. En marzo, él empezó a tener episodios cada vez más frecuentes de falta de aliento y a veces se echaba al salir y no podía ponerse en pie. Mi bebé se despedia de mi.Aguantó todo lo que pudo, y creo que por amor a nosotros, porque no queria dejarnos.

El ultimo fin de semana le dije que estaba lista para su partida y que podia irse, que no me pasaria nada, que me quedaria bien, y que cuidaria de Ernesto y de Izan, que todos estaríamos bien. Estoy segura que él me escuchó y entendió, como muchas veces en el pasado. Vi en sus ojos que estaba muy cansado y me creía. Aun así no conseguía partir y se sentía cada vez peor. Ya no podía ni dormir sin ayuda de calmantes. Entonces decidimos ayudarle a partir, como última prueba de amor.

Panchito se fue ayer, tumbado en el salón de casa, en el mismo sítio donde se quedó cuando aquí entró por la primera vez. Estaba con Ernesto, su vet holística y yo. Izan pasó la tarde con sus abuelos. Ya contaré en otro post sobre la reacción de Izan.

Él se fue cercado de amor y de paz, con mucho cariño, y ahora su cuerpo descansa al lado de un árbol. Decidimos enterrarle para visitarle y porque también deseaba que volviera al Universo como vino. Que el ciclo de la vida siga su trayectoria, que su cuerpo alimente a la terra, que le devolverá como estrella.

Su misión fue concluída. Maria Montessori decia que todos los seres tienen una misión cósmica, y la de Pancho fue de traer amor. Nos hicimos familia con él, que nos preparó para la llegada de Izan. Él nos enseñó lo que de verdad importa, la alegría y las ganas de vivir, de superarse a si mismo, por amor. Fue un guerrero, pero gentil. Fue una de las experiencias más bellas de mi vida, y solo puedo dar las gracias a Dios, al Universo, a quien quer que sea que permitió que este perrito entrara en nuestras vidas.

6 comentarios en “Tengo una estrella en el cielo

  1. Os mando un beso enorme y todo mi cariño en estos duros momentos Alessandra, duele muchisimo cuando un miembro de la familia nos deja y mas cuando nos dan tanto amor como Pancho.

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  2. He llorado de la emoción. Has transmitido de manera bellísima cuánto amor nos puede dar un animal. Un abrazo muy fuerte. Siempre le llevaréis con vosotros…..

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  3. Que preciosa carta llena de amor y sentimiento. Me he emocionado! Un fuerte abrazo.

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