Cómo hablamos de la muerte a nuestro niño

Hace dos semanas, nos despedimos de nuestro labrador Pancho, que vivió 13 años con nosotros y fue no solo uno más en la familia, pero también fue quién la formó. Izan nació cuando Pancho tenía 6 años y crecieron como hermanos. A la hora de decir adiós a Panchito, nos preocupamos mucho con Izan, en cómo darle la noticia y cómo reaccionaría. Fue su primera muerte, y luego de un ser muy querido y presente en su vida.

La suerte, si es que se puede decir así, es que Pancho “nos avisó” que estaba listo para partir y nos dio tiempo para preparar. Su cuerpo fue debilitándose cada vez más al largo de dos meses y cuándo llegamos a la conclusión que de esta vez él sí partiría, Ernesto y yo pudimos tomar medidas, con relación a él, a Izan y a nosotros.

En este post, contaré cómo preparamos a Izan antes, durante y después de la muerte de Pancho. Es una experiencia personal y la cuento con la intención de compartirla, pensando que puede ser útil para alguien que viva una situación parecida con su hijo (a). Por supuesto no estoy dando una lección de lo que tienes de hacer sí o sí, cada familia vive este tipo de momento cómo le parece mejor, a pesar de todo el dolor. En el caso de los niños pequeños hay que tomar cuidado, al menos es lo que pienso, porque la muerte es algo muy difícil de comprender, aunque Izan ya tiene 7 años y eso facilitó mucho.

Una semana antes de la muerte de Pancho ya pensábamos en sacrificarlo y, tras consultar algunos consejos de psicólogos, y hablar con mi marido, decidimos llamar a Izan para tener una conversa. Nos sentamos nosotros tres en el salón, con Panchito durmiendo en su camita. Expliqué a Izan que Pancho ya estaba muy mayor, como él ya sabía, y muy enfermo. Su cuerpo estaba muy débil, y no era posible que mejorase más. Entonces, como una medida de acabar con su sufrimiento…

Ahí confieso que no sabía qué decir. Todos aconsejaban a ser francos y directos con el niño, pero no sabía si decir “sacrificarlo”, me parecía un termo muy duro y tenía la sensación que Izan pensaría que estábamos matando a Pancho. En este momento, Ernesto terminó a frase por mí y dijo “vamos colocarlo a dormir”, que es un eufemismo, pero no es la verdad, al fin y a cabo. Sin embargo, Izan comprendió perfectamente lo que estábamos diciéndole. Preguntó si estábamos seguros de que él no iba a mejorar. Y tras nuestra confirmación, él lloró. Estaba triste, pero no sentía rabia. Me abrazó por un largo rato, y así estuvimos. Luego, le contamos cómo sería lo de “poner para dormir” y pregunté si él quería ver o no. Ernesto estaba en contra de hacer esta pregunta, pero comprendió que quería dar a Izan la oportunidad de decidirse por si solo. Izan contestó que no quería verlo y prefería ir a casa de los abuelos mientras estuviéramos con Pancho.

Al día siguiente, por la mañana, poco antes de ir al colegio, Izan me dijo: “mami, Pancho irá a mejorar, estoy seguro”. Le di una sonrisa triste, pensando en como era bonita la inocencia de los niños. La veterinaria vendría aquel mismo día por la tarde para despedirse de Pancho.

Lo curioso fue que, aquel día, al llegar del trabajo, encontré a Pancho mejor. Se levantó de su cama, ladró mucho, pidiendo para salir. Comió toda su comida con ganas. Me quedé atónita, fue cómo si él hubiera escuchado a Izan por la mañana, o como si la fe de mi niño hubiera salvado su vida. Cuando Izan volvió del cole, le contamos que Panchito estaba mejor, y él dio un grito de alegría.

Por desgracia, tras una semana, Pancho volvió a empeorar y ahí sí se fue. Nos despedimos de él en casa, con su veterinaria, que fue muy amorosa y respetuosa. Izan estaba con sus abuelos y no participó, como había decidido. Él sí le dio un besito por la mañana antes de ir al colegio, sabía que Pancho estaba peor y que ahora no habría segundas (o terceras) oportunidades. Enterramos a Pancho junto con dos dibujos suyos que había hecho de nuestra familia unida. Ernesto fue a buscarle en la tarde del Día de San Isidro, que fue festivo, y él había pasado con los abuelos. Solamente al llegar a casa Izan se dio cuenta que Pancho no estaba. “De esta vez él no mejoró, verdad?”, me dijo. No lloró, pero estaba triste. No quiso hablar por unos minutos, pero después vino hacia mi y me dijo: “no pasa nada, Mami, Pancho todavía es mi hermano”. Le contesté que sí, y que siempre sería su hermano.

No le vi llorar más, tampoco se puso deprimido. Siguió con su vida normalmente, durmió bien, y en el cole también fue normal. Llegué a la conclusión que los niños llevan la muerte mejor que nosotros. Su comentario me pareció de una sabiduría muy grande y muy consolador.

En el próximo post, enseñaré sobre dos cuentos sobre la muerte que pueden ser útiles para ayudar a los niños en el proceso de duelo.