Autoritarismo x Permisividad: cómo solucionar esta batalla?

niño dando de comer a un pato en un lago

Ser madre o padre, en los días actuales, nunca ha sido tan fácil, y a la vez, tan difícil. Fácil, porque tenemos acceso a información que nuestros padres y abuelos nunca tuvieron. Tenemos internet, redes sociales, smartphones, libros, cursos online y presenciales con expertos de todo el tipo. Difícil, porque no tenemos algo que ellos sí tenían: una red de apoyo, o tribu, como algunos dicen. Recuerdo como era relativamente fácil para mi madre dejarme en la casa de una amiga suya cuando ella no podía llevarme a algún lugar y de cómo podíamos contar con nuestros vecinos si nos pasaba algo.

Nuestra sociedad ha cambiado mucho. Y no solo en el plan tecnológico, pero también en el social. Hoy las relaciones no son las mismas, tampoco entre marido y mujer, jefe y subordinado. Tenemos conciencia de nuestros derechos, deberes, hablamos de igualdad. Hoy los padres (al menos algunos) ayudan en casa a cuidar de sus hijos, algo que muchos abuelos nunca hicieron. Sí, el mundo cambió. Y, por consecuencia, los niños también.

Pero ellos no han cambiado “porque son nativos digitales”, “porque son los niños del siglo 21”, “porque son los niños de la generación… (llámalo x)”. Los niños nacen exactamente iguales a los que han nacido en los tiempos de nuestros abuelos. Lo que pasa es que, a medida que crecen, y absorben el mundo, también observan a nosotros. Antes una niña aprendía que “una niña bonita no hace eso”. Ahora una niña aprende “una niña puede hacer lo que quiere”. Atención: no es una crítica. Me parece increíble como hemos cambiado de discurso para mejor. Lo que quiero decir es que aprendemos a comportarnos de una determinada manera a partir de la observación que hacemos de nuestros padres y ahora los valores han cambiado.

A medida que nuestras relaciones se transformaron en más abiertas e igualitarias, la relación con nuestros hijos también se transformó, y por eso “los niños de hoy no son como los de antes”. Claro que no lo son. Nosotros tampoco somos como nuestros padres.

Recebemos todos los días, en las redes, en la TV, en distintos canales, una presión más o menos directa de que debemos criar nuestros hijos para ser felices, realizados, listos, que tienen de ser excelentes profesionales, compañeros, ciudadanos. Y está claro que eso es necesario. Pero la presión es tanta que no sabemos cómo actuar. Pensamos en nuestro pasado como hijos, observamos los niños de los demás, leemos diversas fuentes. Y pensamos “bueno, pues voy hacer x y así mi hijo será feliz”. Y, a la vez, tenemos que trabajar, cuidar de la casa, de otros niños quizás, de la pareja, de la familia etc.

Una escena familiar en el parque

Y ocurre un fenómeno que seguro que ya habrás visto, o quizás vivido. El Baile de la Permisividad y del Autoritarismo, como se dice en Disciplina Positiva. Un ejemplo:

Marta está en el parque con su hijo Javier. Javier está feliz en el banco de arena, jugando con sus cacharritos y construyendo castillos. La madre, sentada en un banco, lo mira y se siente llena de ternura. Luego, se acerca su vecina, Julia. Las dos se ponen a charlar mientras Javier sigue absorto en su juego. Hasta juega un poco con la niña de Julia, Lucía. Está todo en paz. Las madres se ríen, hablan de muchos temas… los niños están jugando y también pasan en grande. Hasta que, de repente, Marta ve en su reloj que ya es casi la hora de bañar a Javier y luego será la hora de cenar. Ella avisa a Julia que tiene de ir y, en seguida, ordena a Javier que recoja sus cosas pues ya es hora de irse.

“Pero mamá, quiero jugar! No quiero ir a casa!”

“Bueno, pero se hace tarde. Vamos.”

“¡No quiero! ¡No quiero! Quiero jugar…”

Marta se ve en un aprieto. No le gusta ver a Javier llorando y sabe que él está divertiendóse con Lucía. Quizás Javier no tenga hermanos, y Marta sabe que es importante para él esos momentos en que tiene otro niño con quien jugar. O quizás Marta se sienta un poco mal, porque sabe que Javier pasa mucho tiempo en el cole y casi no juega. Bueno, que vamos a hacer, es que tenemos de trabajar, y somos obligados a dejarlo muchas horas en el cole. Tal vez lo que Marta esté pensando es en Julia. ¿Que pensará Júlia de ella, como madre, si sigue discutiendo con Javier?

Y así Marta dice a Javier: “Vale, Javi, cinco minutos más, pero después nos vamos”.

Y ella vuelve a charlar con Julia y los cinco minutos se transforman en quince. ¡Ahora sí que ella no puede quedarse más en el parque! Se levanta, enfadada, y grita a Javier:

“Javier, ¡recoja ya esos juguetes que nos vamos! ¡Ya! Si no los recoges, se quedarán ahí y nos vamos a casa sin ellos.”

Javier llora, asustado con su madre. Y, al final, movida por las prisas, Marta se olvida de todo que había pensado quince minutos antes, recoge ella misma los juguetes de su hijo, los mete en una bolsa con gestos brutos, grita algo más al niño, y le da igual lo que Júlia esté pensando de ella. Coge a Javier y se van. 

En la primera reacción de Marta, cuando ella se percató que estaba haciéndose tarde para ir a casa, ella actuó con permisividad – ha cedido a los pedidos de su hijo para quedarse más en el parque, aun sabiendo que no era posible. En la segunda, cuándo ya había pasado 15 minutos desde que ella había mirado el reloj, su actitud fue de autoritarismo: exigió que Javier parara su juego inmediatamente, y lo llevó casi a rastras a casa. Y es que es algo muy común que estemos el tiempo todo cambiando de permisividad a autoritarismo. Como decimos en Disciplina Positiva, estamos siempre bailando, dando un pasito allí, otro aquí, entre permisividad y autoritarismo. Los niños no entienden nada y no saben que esperar de nosotros. Al final se desarrollan sentimientos de culpa, de rabia, venganza… ¿cómo salimos de eso? El objetivo sería buscar el equilibrio, observarse a si mismo, buscar prevenir las situaciones…

La explicación de Montessori

Montessori siempre decía que el conflicto entre adulto y niño nace por la tiranía y por el orgullo del adulto. No decía eso para que uno se sintiera culpable, lo que ella quería era llamar nuestra atención a lo que estábamos haciendo para cambiar. Es verdad, todos actuamos con tiranía y orgullo, más o menos, al menos en algunas situaciones de la vida. Es necesario asumirlo. Cuando lo hacemos, y decidimos cambiar, todo es más fácil.

El problema suele empezar mucho tiempo antes. Cuando el niño aun es muy pequeño. Él está aprendiendo a andar, pero su madre o su padre tiene miedo que se caiga, entonces le sujeta las manos. Si el niño quiere subir una escalera, se le prohíbe: “no, no puede ir ahí”, y hasta le bloquea su paso. El niño quiere tocar una fruta que está sobre la mesa, estira la mano para sentirla. “Se ve pero no se toca”, dice el adulto, y hasta le pega en la manita que estaba intentando coger la fruta. El niño crece, ya sabe hablar. Un día su madre le da una bronca, y el niño le contesta mal. “Oyes, que te voy a lavar la boca con jabón, eres un mal educado”. Pero la respuesta que el niño acaba de decir fue la misma que él escuchó de su madre hace pocos días, cuando ella estaba discutiendo con su padre delante de él.

¿Qué ocurre? El adulto rompe el niño en dos partes: separa la voluntad de la acción. En lugar de ayudar al niño utilizar esas fuerzas en conjunto, las separa. No confiamos en nuestros hijos, queremos obligar nuestra voluntad, y, a los pocos, los niños son rotos. El niño pierde la confianza en si mismo y pasa a acreditar que es, como sus padres están siempre recordándolo, un manazas, un tonto, un mal educado. Y el adulto? El adulto, para ese niño, es un ser todo poderoso, que puede hacer lo que quiere.

Algunos niños responden a eso con sentimientos de inferioridad (“ah, para qué voy hacer eso si siempre lo hago mal?”), y desisten. A principio, el padre o la madre seguirá haciendo todo por su hijo: le vestirá, le atará los zapatos, le cortará su filete con sus cubiertos, enviará mensajes en el grupo del colegio de Whatsapp para saber qué hay de deberes. Pues así funciona mejor, es más rápido, incluso más cariñoso. Hasta el día que el adulto se sienta harto. Entonces dirá a su hijo: “¿crees que soy tu empleado?” ¿Te suena? Y ahí vendrán los gritos, los castigos, la violencia física y verbal, etc, etc, etc…

¿Cómo podemos salir de ese juego de “a veces permisivo, a veces autoritario”? Para Montessori, estaba claro: hay que dar el poder al niño. Incentivar su autonomía, desde muy pequeño. Y si no lo hicimos antes, hay que empezar ahora. También podemos volver a conectarse, buscar a la naturaleza, el silencio, y alejarse de las pantallas, de la vida corriendo para allá y para acá.

Cuando el niño descubre su propio poder, y cómo usarlo de forma correcta, el conflicto desaparece. Y nosotros, los adultos,  ya no necesitamos ser permisivos, tampoco autoritarios. Somos guías. Y es cuando la magia ocurre.

Y es por eso que tanto me gusta Montessori.

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Escrito por

"El secreto de una buena enseñanza es considerar la inteligencia del niño como un campo fértil en el que se pueden sembrar semillas, para crecer bajo el calor de la imaginación en llamas. ". (Maria Montessori)

4 comentarios sobre “Autoritarismo x Permisividad: cómo solucionar esta batalla?

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