Autoritarismo x Permisividad: cómo solucionar esta batalla?

Ser madre o padre, en los días actuales, nunca ha sido tan fácil, y a la vez, tan difícil. Fácil, porque tenemos acceso a información que nuestros padres nunca tuvieron. Difícil, porque no tenemos algo que ellos sí tenían: una red de apoyo, o tribu, como algunos dicen. Con facilidades o con dificultades, crear es una tarea complicada y caer en el autoritarismo o en el permisividad es una constante. ¿Cómo podemos vencer esta batalla?

Nuestra sociedad ha cambiado mucho. Y no solo en el plan tecnológico, pero también en el social. Hoy las relaciones no son las mismas, tampoco entre marido y mujer, jefe y subordinado. Tenemos conciencia de nuestros derechos y deberes. Hablamos sobre igualdad. Hoy los padres (al menos algunos) comparten los cuidados de los hijos, algo que muchos abuelos no hicieron. Sí, el mundo cambió. Y, por consecuencia, los niños también.

Los niños de hoy no son como los de antes

Ellos no cambiaron «porque son nativos digitales», «porque son los niños del siglo 21», «porque son los niños de la generación… (llámalo x)». Los niños nacen exactamente iguales a los que han nacido en los tiempos de nuestros abuelos. Lo que pasa es que, a medida que crecen, absorben el mundo y observan a nosotros.

Antes una niña aprendía que «una niña bonita no hace eso». Ahora una niña aprende «una niña puede hacer lo que quiere». Atención: no es una crítica. Me parece increíble como hemos cambiado de discurso para mejor. Lo que quiero decir es que aprendemos a comportarnos de una determinada manera a partir de la observación que hacemos de nuestros padres y del entorno y ahora los valores han cambiado.

A medida que nuestras relaciones se transformaron en más abiertas e igualitarias, la relación con nuestros hijos también se transformó, y por eso «los niños de hoy no son como los de antes». Claro que no lo son. Nosotros tampoco somos como nuestros padres.

Recebemos presión, más o menos directa, desde distintos canales (redes sociales, TV…), de que es necesario criar a hijos felices, realizados, listos. También tienen que ser excelentes profesionales, ciudadanos y compañeros. La presión es tanta que no sabemos cómo actuar.

Leemos libros de crianza, hablamos con amigos con hijos, asistimos a cursos de expertos. También recordamos de nuestro pasado como niños. Y pensamos: «bueno, pues voy a hacer esto y así mi hijo será feliz». A la vez, seguimos con las obligaciones de siempre: la casa, el trabajo, la pareja etc.

Una escena familiar en el parque

Y ocurre un fenómeno que seguro que ya habrás visto, o quizás vivido. El Baile de la Permisividad y del Autoritarismo, como se dice en Disciplina Positiva. Un ejemplo:

Marta está en el parque con su hijo Javier. Él está feliz en el banco de arena, jugando con sus cacharritos y haciendo castillos. La madre, sentada en el banco, lo mira con ternura. Se acerca entonces Julia, su vecina. Ellas se ponen a charlar mientras Javier juega con Lucía, la niña de Julia. Los niños lo pasan en grande mientras las mujeres charlan.

Hasta que Marta ve en su reloj que es casi la hora de bañar a Javier y luego será la hora de cenar. Ella avisa a Julia que tiene de ir y, en seguida, ordena a Javier que recoja a sus cosas pues es la hora de ir a casa.

«Pero mamá, quiero jugar! No quiero ir a casa!»

«Bueno, pero se hace tarde. Vamos.»

«¡No quiero! ¡No quiero! Quiero jugar…»

Marta se ve en un aprieto. Ella sabe que Javier está feliz jugando con Lucía, y no quiere que él se ponga triste. A lo mejor Javier no tiene hermanos y Marta cree que es importante que él aproveche cuando tiene un niño para jugar o quizás ella se sienta mal porque Javier pasa muchas horas en el cole porque ella trabaja. O quizás ella esté pensando en Julia. ¿Qué opinión tendrá de ella como madre si sigue discutiendo con Javier?

Y así Marta dice a Javier: «Vale, Javi, cinco minutos más, pero después nos vamos».

Ella vuelve a charlar con Julia y los cinco minutos se transforman en quince. ¡Ahora sí no puede quedarse más! Se levanta, enfadada, y grita a Javier:

«Javier, ¡recoja ya esos juguetes que nos vamos! ¡Ya! Si no los recoges, nos vamos a casa sin ellos.»

Javier llora, asustado con su madre. Movida por las prisas, Marta recoge los juguetes de su hijo, los mete en una bolsa y grita algo más al niño. No se importa con lo que Julia esté pensando de ella. Coge a Javier y se van. 

En la primera reacción de Marta, cuando ella se percató que estaba haciéndose tarde, ella actuó con permisividad – cedió a los pedidos de su hijo para quedarse más en el parque, aun sabiendo que no era posible.

En la segunda, cuándo ya había pasado 15 minutos desde que ella había mirado el reloj, su actitud fue autoritaria: exigió que Javier parara su juego inmediatamente, y lo llevó casi a rastras a casa.

Es muy común que estemos el tiempo todo cambiando de permisividad a autoritarismo. Como decimos en Disciplina Positiva, estamos siempre bailando, dando un pasito allí, otro aquí. Los niños no entienden nada y no saben qué esperar de nosotros. Al final se desarrollan sentimientos de culpa, de rabia, venganza…

La explicación de Montessori

Montessori siempre decía que el conflicto entre adulto y niño nace por la tiranía y por el orgullo del primero.

Ella no decía eso para que uno se sintiera culpable. Su intención era llamar nuestra atención a lo que estábamos haciendo para cambiar. Si pensamos bien, veremos que es verdad, que actuamos con tiranía y orgullo, más o menos, en algunas situaciones. Si asumimos, será más fácil cambiar.

El problema suele empezar temprano. Cuando el niño está aprendiendo a andar, y su madre o su padre tiene miedo que se caiga, le sujeta las manos.

Si el niño quiere subir una escalera, escucha: «no, no puedes». Hasta le bloquea su paso.

El niño quiere tocar una fruta que está sobre la mesa, estira la mano para sentirla. «Se ve pero no se toca», dice el adulto, y hasta le pega en la manita.

El niño crece. Ya sabe hablar. Un día su madre le da una bronca, y el niño le contesta mal. «Te voy a lavar la boca con jabón, eres un mal educado». Pero lo que él acaba de decir fue lo mismo que escuchó de su madre, cuando ella estaba discutiendo con su padre delante de él.

¿Qué ocurre? El adulto rompe el niño en dos partes: separa la voluntad de la acción. En lugar de ayudar al niño utilizar esas fuerzas en conjunto, las separa. No confiamos en nuestros hijos, queremos obligar nuestra voluntad, y, a los pocos, los niños son rotos.

El niño pierde la confianza en si mismo y pasa a acreditar que es un manazas, un tonto, un mal educado. Al fin y al cabo, es lo que él siempre escucha de sus padres. Sobre el adulto, el niño acredita que es un ser todo poderoso, que puede hacer todo lo que desea.

Es posible que actúe con sentimientos de inferioridad («ah, para qué voy hacer eso si siempre lo hago mal?»), y desista. A principio, el padre o la madre seguirá haciendo todo por su hijo: le vestirá, le atará los zapatos, le cortará su filete, enviará mensajes en el grupo del colegio de Whatsapp para saber qué hay de deberes. Pues así es más rápido.

Hasta el día que el adulto se sienta harto. Entonces dirá a su hijo: «¿crees que soy tu empleado?» Y ahí vendrán los gritos, los castigos, la violencia física y verbal etc.

¿Qué podemos hacer? Montessori lo tenía claro: dar el poder al niño. Hay que incentivar su autonomía, desde muy pequeño. También hay que volver a conectarse, no solo padres e hijos, pero uno consigo mismo.

Cuando el niño descubre su propio poder, y cómo usarlo de forma correcta, el conflicto desaparece. Y nosotros, los adultos,  ya no necesitamos ser permisivos, tampoco autoritarios. Somos guías. Y es cuando la magia ocurre. ¿A que Montessori es maravilloso?

Si te ha gustado este post, no te olvides de dejar un comentario abajo y de compartirlo entre tus amigos en las redes sociales para que Nuestros Momentos Montessori llegue a más familias. Y no dejes de suscribirte a nuestra newsletter para que recibas nuestras novedades y todos los posts en tu bandeja de entrada, dejando tu email abajo:

Anuncios