Los niños después de los 6 años ¿pierden la gracia?

Seguro que alguna vez lo escuchaste en algún lugar: “los niños después de los 6 años pierden la gracia”. Mucha gente dice que los niños, en su segunda infancia, ya no son tan bonitos y graciosos como en la primera. Algunos incluso dicen que se vuelven pesados, difíciles, rebeldes. Cuantas veces escuché “es que Fulanito cambió tanto que ya no lo soporto”. ¿Por que? ¿Por que, cuando un niño entra en la segunda infancia, muchas madres dicen “que pena que ya no es mi bebé”?

Que los niños crecen y se transforman eso todo mundo ya lo sabe, así como nosotros también, nos hacemos mayores. Es ley de vida y lo mejor es acostumbrarse con eso rápido. Pero por que nos cuesta aceptarlo? Por que tenemos que verlo como algo malo?

A lo mejor soy muy rara, no lo sé. O a lo mejor, al conocer Montessori, mi mirada hacia los niños cambió tanto que ya no soy capaz de ver que los niños a partir de los 6 años son pesados y maleducados. No consigo ver eso. Al revés, es una edad que a mí me encanta.

Mi hijo cumplirá 9 años en dos meses y no pienso “que pena que se hace mayor”. Si al ver sus fotos de bebé echo de menos aquella época? Sí, pero tampoco mucho. Los bebés son encantadores pero no siento nostalgia de lo nerviosa que me sentía por no saber que le pasaba. “Por que no nacemos ya sabiendo hablar?”, era lo que más me preguntaba entonces. Son encantadores, tiernos, increíbles, y cuando llegan a la edad de “toddler” son aun más. Pero nada me hace cambiar de idea que la edad de los 6 a 12 años es la mejor. Bueno, quizás cuando entremos en la adolescencia sí la cambie!

La etapa de 6 a 12 es una “etapa de calma” como decía Maria Montessori. El crecimiento no es tan rápido como en la primera infancia, es más un desarrollo mental que ocurre. Surge el pensamiento abstracto y es cuando tenemos las mejores charlas. De verdad lo digo que sentí mucho más vértigo cuando mi hijo me preguntó hacia donde el sol iba cuando desaparecía en el horizonte que cuando empezó subir escaleras. Cuando empezó a preguntarme sobre “si vamos al cielo” después de la muerte, hasta cuando empezó a discutir conmigo diciendo desafiante “tú también lo haces”. Está sacando la persona que es, sus ideas, su opinión, sus gustos, lo que defiende y lo que rechaza. ¡Es maravilloso!

No tengo miedo de mi hijo, no pienso “en que adulto se convertirá”, porque lo veo todos los días delante de mí. Me encanta salir con él, solo nosotros dos, e ir a un museo para ver la cara que pone al ver las obras expuestas y después cuando le pregunto que le pareció y me diga “es muy interesante”. O cuando escuchamos una canción con la que crecí porque mis hermanos me la enseñaron cuando tenía su edad y que él me diga “ah, esa mola” (o que no le mola, que también ya nos pasó). Me gusta cuando estamos viendo una película y discutimos sobre las decisiones del personaje. O cuando hablamos cómo fue su día en el colegio.

Mi hijo es mi amigo, y quiero que así lo sea por muchos años. Hay padres que dicen que eso está mal, que no podemos ser amigos de nuestros hijos. Yo me niego a acreditar en eso. Me niego. Ojalá mi madre hubiera sido más mi amiga y menos mi madre cuando yo era niña y adolescente. Nuestra relación habría sido mucho mejor.

La única cosa que sí me da miedo al verlo crecer, confieso, es pensar qué será de mí cuando él ya no quiera acompañarme a museos, a escuchar mis canciones favoritas y ver películas conmigo. Porque sé que este día llegará. Él me dice que no, que eso nunca ocurrirá, pero sé que sí. Los  niños (las niñas también, pero creo que los varones más) tienen una necesidad de desprenderse de su madre a partir de la adolescencia y buscar más la figura masculina. Y no tengo miedo por él, porque estoy segura que mi marido y yo estamos construyendo un chico que sabrá tomar decisiones correctas. Tengo miedo por mí, porque soy una persona muy solitaria y sé que voy sentir su falta.

Si tú crees que los niños ya no son tan graciosos después de los 6 años, te sugiero que observes a tu niño o a tu niña. Sin juzgar, solamente observa. Como habla, como se mueve, como sonríe. Y luego charla con él o con ella por algunos minutos, pregúntale sobre su colegio, sus profesores, amigos, lo que le gusta hacer o lo que no le gusta. Si puedes hacerlo fuera de casa es mejor, sin distracciones cerca. Cuando él o ella te lo cuente, solamente escúchale, no lo interrumpas, no le digas cosas como “pero de verdad te gusta eso?”, “no puedo creer que piensas así”. Déjale que se exprese de forma libre. Quizás así, mirándole en sus ojos, verás que tu bebé, de alguna manera, sigue allí dentro.

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"El secreto de una buena enseñanza es considerar la inteligencia del niño como un campo fértil en el que se pueden sembrar semillas, para crecer bajo el calor de la imaginación en llamas. ". (Maria Montessori)

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