Los castigos no enseñan, buscar soluciones sí

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La semana pasada el tema de los castigos en el colegio volvió a ser tema en las redes sociales después que una madre publicó en Twitter una foto de un cartel que fue realizado en una escuela española amenazando a los alumnos a como serían castigados en caso de no cumplir con las normas. Los castigos no enseñan a los niños, aunque muchos adultos acreditan que sí.

La foto en cuestión es esta:

Mucha gente posteó en las redes sociales diciendo lo cuanto era absurdo que aun existan educadores que hagan eso, en mi Instagram mucha gente me escribió expresando su indignación, y también la vi en redes sociales de otras personas que sigo. Hoy no quiero comentar sobre eso. Lo que quiero es explicar, una vez más, porque el castigo no enseña al niño a como «actuar correctamente» (correcto para quién, verdad?), porque es mucho más efectivo buscar soluciones y el tema de tirania del adulto como el camino para una sociedad injusta como la que vivimos.

El castigo no enseña al niño a como comportarse

«Como que no enseña? Si cuando castigo bien que me hace caso», alguien estará pensando. Pues no, no enseña. No enseña porqué es importante «comportarse bien» (bien, digamos, cómo lo llamas tú lo que es bien), lo único que puede ser que enseñe al niño es a temer al adulto, a sentir rabia de él, ganas de vengarse, o sencillamente la idea de «yo soy adulto y puedo obligarte a hacer lo que yo quiera».

No hay espacio para diálogo, para comprender los motivos que llevaron al niño a hacer lo que hizo. No hay reflexión sobre las consecuencias de su acto.

Y aquí entra la necesidad de explicar qué es consecuencia: consecuencia es algo que ocurre como resultado de una acción. Por ejemplo, si salgo a la lluvia sin paraguas, me mojo. Si bebo lejía, me muero. Si toco a un enchufe con manos mojadas, recibiré un calambre. Si no como ningún alimento, sentiré hambre. Si no duermo, estaré cansada todo el día siguiente y no voy a rendir.

Pero cuando digo que si tú gritas, «la consecuencia» es que no puedes ir a la clase de Educación Física, eso es un castigo puro y duro, porque no hay ninguna relación entre gritar y frecuentar la clase de Educación Física. Es exactamente lo mismo que, si yo mato a una persona, voy a la cárcel. La cárcel es el castigo por cometer un crimen. Quizás sea un ejemplo un poco fuerte, pero es el más fácil que encontré para explicar la diferencia.

¿Entiendes que no hay ninguna relación entre el acto del niño y lo que el adulto designó como «consecuencia»? Tampoco la última. Si molesto a mis compañeros, la consecuencia es que ellos no podrán comprender la lección que el profesor está dando. Lo de pedir perdón es algo que el adulto determinó como castigo aquí también, porque el acto de pedir disculpas no sale naturalmente del niño «infractor».

Buscar soluciones en lugar de castigar

Por otro lado, si en lugar de buscar un castigo el adulto llama los niños para una reunión de lluvia de ideas y pide la ayuda de todos para buscar una solución a un problema que están vivenciando, ¿que puede suceder?

Vamos, chicos. Fulanito está gritando en la clase. Cómo os sentís? Podéis escucharme bien mientras él está gritando? No, verdad? A que resulta molesto intentar escucharme y entender lo que estoy explicando cuando alguien grita a la vez? Pues mira, tenemos un problema aquí. ¿Cómo podemos solucionarlo? ¿Alguien tiene alguna sugerencia?

Eso es Montessori. Y también es Disciplina Positiva. Pero lo mejor de todo, es respetuoso, adulto, digno de un líder y de un adulto admirable. El adulto que trata a los niños como seres capaces de pensar.

Cuando pedimos a los niños para buscar una solución a algo, lo que encontraremos son niños más autoconfiantes, respetados, incluso creo que más unidos. Cuando sentimos que nuestra voz es escuchada y es importante, nos sentimos una comunidad. Y como comunidad, tenemos la responsabilidad de hacerla funcionar. Los niños buscarán soluciones. Apunta todas en la pizarra, mismo las más absurdas. Todas tienen de estar apuntadas, para que ellos se den cuenta de que son importantes. Luego, discutimos una a una.

Hmm, salir un minuto al pasillo para gritar. Ok. Alguien tiene otra idea? Vale, contar hasta diez. Algo más? Levantar la mano para pedir permiso para decir lo que está sintiendo. Apuntado. Otra sugerencia? Pedir que se calle. Ok. Apuntamos.

Cuando llega el momento de discutir cada idea propuesta, tenemos la oportunidad también de discutir en grupo porque la sugerencia de «pedir que se calle» puede ser buena, si hacemos desde el respeto; o mala, si hacemos desde la tiranía. Todas las ideas deben ser respetadas y discutidas.

Después, votamos a por la que nos parece ser la mejor, y la adoptamos, por una semana. Después de una semana hacemos un balance. Está funcionando? Bien, seguimos. No está funcionando? Pues volvemos a hacer lluvia de ideas.

La tiranía del adulto

Maria Montessori ya no decía que debemos, como adultos, librarnos de la cólera, orgullo y tiranía. Y eso es extremadamente necesario, no solo por los niños, pero por nosotros mismos.

La preparación exigida al maestro por nuestro método es el examen de sí mismo. La renuncia a la tiranía. Debe expulsar de su corazón la cólera y el orgullo; ha de saber humillarse y revestirse de caridad. Estas son las disposiciones de alma que ha de adquirir, la base esencial de la balanza, el punto de apoyo indispensable de su equilibrio. En eso reside la preparación interior: el punto de partida y la meta.

Maria Montessori – «el niño y el secreto de la infancia»

Actuamos con tiranía porque fue como aprendimos, desde pequeños, de nuestros padres, abuelos, profesores… y vamos repitiendo y repitiendo. Pero es el momento de romper.

Porque la tiranía que empieza en el colegio luego es llevada al ambiente de trabajo, a la relación de pareja, a las elecciones… y así repetimos padrones en nuestra vida adulta que no nos llevan a crear una sociedad mejor.

Ser un tirano con un niño es demasiado pesado, pesa en los hombros. Nos sufoca. Es exhaustivo. Pero pedir a los niños a buscar soluciones no pesa. Es un momento de discusión en grupo, que afianza lazos. Descubrimos quienes son los chicos que tenemos delante. Y qué necesitan de nosotros.

Es el momento de quitar el disfraz del algoz, del rey absolutista, del general de la ditadura. Vamos abrazar al líder admirable, aquel que escucha, que da espacio al otro.

Y así, lograremos crecer. Juntos.

Sobre este mismo tema, recomiendo que leas los antiguos posts:

El Niño y el Escarabajo – Como Aprendí la Humillación de Montessori

Como gestionar la rabia y la frustración de los niños

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Escrito por

Española nacida en Brasil, periodista, asistente Montessori AMI 3 a 12 años y muy orgullosa madre de Izan, de 10 años. Vive en Madrid con su familia y con su Jack Russell terrier Moon.

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