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Te quiero, Izan.

El tiempo pasa tan deprisa… ya estás con 7 años, y pareces ser mucho mayor de lo que eres. Tus comentarios, tus observaciones, tu manera de echarme la bronca igual a tu padre… me hacen pensar que luego ya no serás un niño y sí un adolescente.

Por eso quiero escribir este post, para dejar registrados algunos acontecimientos que vivimos juntos hace poco. Cosas que no quiero olvidar. Porque, sin querer, me enseñas mucho,y veo como soy afortunada por tenerte.

La notícia

Tu mejor amiga, hace algunos meses, te contó una novedad. Estaba radiante de felicidad. Cuando dijo: “Izan, tengo algo para contarte” creo que pensasteis que ella te enseñaría un juguete nuevo. Pero no. “Voy a tener un hermanito”. Esta era la noticia. Pude ver en tus ojos que no te ha gustado oírlo. Casi llorasteis. Y sé que no era por envidia, tampoco por celos.

Vi en tu mirada cómo te sentías. Y es que si ella te hubiera contado que había ganado el juguete más guay del mundo, no te sentirías igual. Vi en tus ojos el mismo dolor que sentí yo cuando supe que no tendría más hijos. Vi que te dolía saber que no podrías compartir con tu amiga la misma noticia.

Siento mucho, mi amor, lo siento de verdad, porque serias el mejor hermano del mundo. El más cariñoso, el más atento, el más compañero. Siento mucho porque este regalo nunca podré darte. Pero sé que siempre tendrás mucho amor a dar a todos que tengan la felicidad de conocerte.

La pelea

Hace algunas semanas, te enfadasteis conmigo. “Te odio”, me dijisteis, “no quiero nunca más jugar contigo”. Y te has encerrado en tu habitación. Fui detrás de ti, pero no querías hablarme, y yo te respeté.

Me fui al salón y me senté delante de la tele, esperando que te calmaras. Pero en lugar de ver el programa de la tele, lo que vi fue mi pasado. Me vi con 7 años, con 10, con 15… todas las veces que dije a mi madre “te odio”. Cuando eso ocurría, mi madre me pegaba y ordenaba: “respétame!”. Pero lo único que ella lograba era que la respetara aun menos.

Con el tiempo, pasó algo peor: ella me dejó sola en mi habitación. Yo le decía “quiero estar sola” y ella atendió mi deseo. Y creo que mi dolor era mayor que el de los golpes que a veces me daba.

Entonces me levanté y fui a tu puerta cerrada y te dije: “tú me odias, pero yo te quiero, y aquí estaré para hablar contigo cuando tú quieras”.

Volví al salón. Y menos de cinco minutos después, abristeis la puerta y fuisteis al salón. Me dijisteis: “Mami, ya no te odio más y quiero jugar contigo”. Y te abracé y fuimos a jugar.

Cuando jugamos, hablamos, nos reímos y estrechamos nuestros lazos.

Pequeños momentos

Cuando te voy a buscar en el cole por sorpresa, y vienes corriendo y me abrazas, y todas las mamás al lado nos miran.

Cuando vamos en autobús y me pides para escuchar Queen en mi móvil y vamos cantando We Will Rock You.

Cuando besas a Pancho antes de dormir diciéndole: “que duermas bien, Panchito”.

Cuando me dices que necesitas llevar un aguacate al colegio porque tienes de plantar la semilla “pero mejor me compras tres aguacates por si uno no vale”.

Cuando digo que no puedo cortarme el pelo porque no tengo dinero y tú me dices para coger de tu hucha.

Cuando me dibujas con el típico monigote pero siempre de pelo largo.

Y cuando paso el pintalabios y me dices “que guapa estás!”.

Por tantos momentos, porque me haces feliz, porque me haces creer que soy la madre más afortunada del mundo, te quiero, hasta la luna y vuelta.

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"El secreto de una buena enseñanza es considerar la inteligencia del niño como un campo fértil en el que se pueden sembrar semillas, para crecer bajo el calor de la imaginación en llamas. ". (Maria Montessori)

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